dijous, 25 d’octubre de 2012

¡T, te quiero! (y no soy tartaja)


Mi amigo T es salvajemente carismático, tiene mucha clase. Todos los sabemos. Cómo no saberlo… Cuando entra en los bares la gente se tensa y las mejores jamelgas le guiñan el ojo derecho desde el fondo del garito. Me atrevo a decir que ya no existe propietario de local nocturno que no salga a recibirlo y no le ofrezca la mejor mesa de su establecimiento cuando aparece con su cara de "no he venido a vender enciclopedias". Da gusto ir con él a cualquier lugar.

T es un tío más bien menudo, un mediometro, pero cuando entra en los bares su tupecillo asoma entre las multitudes como la aleta de un tiburón. Qué carismático es el jodido. Qué bien lo hace todo. Qué estilazo tiene al escupir los huesecillos de las aceitunas. ¡Crack!

A mi colega le gusta ganarse a la gente con frases como "despierta el tigre que hay en ti" o "uno se suicida siempre contra alguien". Por eso los clientes de los pubs se pisotean y empujan para retener alguna de sus frases memorables que luego recitan con poco convencimiento en cenas de trabajo, y más de uno se acerca a él grabadora en mano. La peña lo flipa: "T es lo mejor que le ha pasado a la ciudad desde los JJOO", dicen.

La cosa se ha salido de madre últimamente porque T ha decidido mudarse al barrio de Gràcia y ahora anda Barcelona patas arriba. Hoy leía en el periódico que, por miedo al colapso que puede provocar su nueva situación, varios autobuses han modificado sus rutas y que se van a producir alteraciones en la frecuencia de paso en las líneas 3 y 4 de metro. También, que los Mossos de Esquadra han reforzado el número de afectivos (sí, afectivos) para garantizar la seguridad del pequeño gran T. Pero, ¡guau, es tan fuerte! Soy tan feliz... El salvaje carismático vivirá en la zona alta de la ciudad. ¡Ahora T y yo seremos vecinos! La vida junto a él es tan prometedora... Tengo tanta suerte de que me deje invitarle a cervezas...

¡No te fallaré, T! ¡Estaré a tu altura! ¡Aunque tenga que arrodillarme porque te saco casi un metro!


El amigo T saliendo de la disco

dimecres, 24 d’octubre de 2012

Algunos de mis yoes


Conversación absurda, el otro día, en la nueva tienda Apple de Barcelona, que es como estar en el futuro de las películas de mi niñez. 
Me atiende Mr. Applemazado, algo así como el jefecillo del servicio técnico del establecimiento. Es un tipo pálido, ojeroso, calvo; debe de haber unos 35.000 como él en Barcelona y sus aledaños. Me pide nombre y apellidos para concertar cita para arreglar mi ipod —sí, finalmente se me murió el aparatucho—.

—  Hugo Cortés —le indico—.
¡Coño, como mi primo! ¡Qué fuerte! —responde él flipadísimo.
¿Sí? ¿Es negro, tu primo? pregunto, lógicamente sin pensar.
No, qué va. Vive en Berlín y es arquitecto. ¿Por qué lo dices?
Ah, no… por nada. Es que un negro cachas con un diminuto slip fardapichas monopoliza los resultados de Hugo Cortés en Google.
Ah, pues no es mi primo.  Pero qué coincidencia igualmente.
Sí, la verdad.

Mr. Applemazado se despide de mí con cara de “manzanas traigo”. 

Ya fuera de la Apple Store, sobre la acera modernista de Passeig de Gràcia, se me impone una imagen inequívoca del primo del dependiente, el Hugo Cortés de Berlín: lo veo pedaleando sobre una bici enorme, de carreras, por una avenida de la brumosa capital germana, feliz con su cara de españolito curtida por el frío. Tiene la barba muy cerrada, pero abiertas de par en par las puertas del porvenir; y a pesar de su alemán, malo de cojones, posee la mirada feliz del que no sabe dónde dormirá ni con quién. Me jugaría la mano derecha a que él también sabe que existe el Hugo Cortés negro de Google, el más mazas de Internet. No lo conozco todavía, pero me cae bien mi tocayo berlinés.


Hugo Cortés I, Rey de Internet

dilluns, 22 d’octubre de 2012

¡¡ Muerte al Rumbi-Rumbi !!



¿Os imagináis convivir con unos tunos en casa, y que te sigan hasta cuando cagas o te duchas, desde que mueves la primera pestaña por la mañana? Pues eso me pasa a mí con los Rumbi-Rumbi, unos enanetes de medio metro que se me aparecen cuando más relajado estoy y que me joden la vida con su innegociable buen rollito. Son unos peazo de cabrones. Corretean con sus guitarritas, y sus mandolinas y banjos diminutos, dando por culo con sus cancioncitas pegadizas y sus estribillos mainstream. Cómo odio que me pidan que cante con ellos o que siga sus canciones batiendo palmas, o cuando hacen versiones en inglés de Manel y gritan al unísono "¡¡temazo!!"

¡Dios! Los muy mamones me tienen atormentado. Les estamparía sus instrumentos de juguete en sus cabezas atontadas, con esas melenas multicolor que lucen ridículamente orgullosos (se les engancha toda la mierda del mundo; colillas y chicles, sobre todo). Buufff … Imposible agarrarlos de la solapa y darles una buena paliza. Imposible que dejen de tocar. Imposible prever cuando aparecerán o evitarlos encerrándome en el lavabo. Se mueven rapidísimamente, los muy retacos.  

No hay nada peor que los tríos y cuartetos de Rumbi-Rumbi en mi armario, a todas horas, burlándose de mí. ¡Usan como gorros mis suaves calzoncillos! ¡Qué asco, sus sucias quijoteras! ¡Grrr! Qué rabia da que se animen los unos a los otros con arengas lamentables, que se me beban la burrada de cerveza que se me beben.



Pero no nos engañemos, la razón por la que realmente odio a los Rumbi-Rumbi es por ese momento vergonzante y maldito en el que he de responder a preguntas incisivas de cualquiera, en el trabajo o dónde sea, sobre mi vida y condición personal. Ese instante en el que se produce la situación lastimosa en que, con cara de resignación, mirándome la punta de los zapatos, debo afirmar un tanto avergonzado que vivo solo. ¡Los cojones!



dijous, 18 d’octubre de 2012

Los dones de Don


No se ha creado mejor percha para un traje, ni tío más lamentablemente atractivo que Don Draper. Es el mejor entre lo peorcito.

Lo odio fraternalmente por miles de sencillas razones. La más importante: si un miércoles al azar me bebiera la mitad de güiscazos que él engulle en una jornada laboral, a media mañana ya estaría practicando air guitar sobre cualquier sofá; y lloraría tembloroso al caer la tarde, acurrucado bajo la mesa de mi oficina de cristal, a salvo de la mirada azul de alguna secretaria gorgeous.
 
Mi vida se tambaleó el día que Don Draper tuvo su primer ataque de ansiedad.