divendres, 12 d’abril de 2013

Amenaza de perricidio


Maldito Gumy, ¿por qué sonríes como un sobrado cuando paso ante el bar de heavies en el que holgazaneas todas las tardes? ¿Por qué pones esa carita de chulín, de “soy el más guapo de la calle”, con esas miraditas perdidas como oteando el horizonte,  y esos morritos de aspirante a Miss Verano de discoteca cutre de costa? Gumy, perrete lamentable y patán, ¿cómo puedes ser tan creído, tan macho alfa, siendo tan minúsculo? ¡Si eres una peluca andante! No puedo contigo; no soporto tu actitud altiva, ni esos ojillos como olivas negras con los que me miras cada mañana como diciendo “vete a currar, pringado, que yo me voy a disfrutar del día a mis anchas, sin horarios, a perseguir perras como un obseso…”. Uf, qué rabia das, chucho, ¿cómo puedes ser tan territorial y tan rematadamente vago y pequeño? ¡Hámster!

Ayer fue un gran día: me dejé de tonterías y grité “Gumersindo tamarindo” desde la terraza de casa, con todo el puterío. Y aunque apenas pestañeaste, estoy seguro de que te molestó. Sé que te jodió mi provocación, porque odias tu nombre. Acéptalo. ¿Si no, por qué te haces llamar Gumy, eh? ¿A quién quieres engañar? ¡Va, que no somos tontos, sabemos cómo te llamas, GUMERSINDO!

En fin, no quiero que suene a ultimátum, pero sí, es un ultimátum: o cambias tu actitud o cualquier tarde voy a revelar tu secreto y voy a eliminar la gran X de la ecuación. Y entonces, Gumersindín, todo el mundo se enterará de la vegonzosa verdad, esa que sólo tú y yo conocemos. Y al fin amaneceré tranquilo, sin recordar hasta el último detalle de todos mis sueños. Y dejarás de ser amo y señor de mis pesadillas, esas extrañas visiones en las que ganas concursos de la tele compitiendo con mi nombre, o asistes a mi funeral vestido de viuda y miras mi ataúd con una sonrisita burlona, una mueca asquerosa que sólo puede salir de un verdadero hijo de perra como tú.

Asumámoslo, Gumer, nuestra calle no puede acogernos a los dos. Haznos un favor a todos y emigra. Si no por mí, hazlo por la paz social del pipicán, o por la salud mental de sus nobles perros urbanos. Avisado estás: o te largas del barrio, Gumersindito, o cualquier tarde ejerceré de Cesar Millán y  te enseñaré a ladrar en verso. Y ya sabes que no corren buenos tiempos para la lírica.


Gumersindo con su secreto sobre la quijotera