dilluns, 17 de juny de 2013

El pensionista ilusionista


Es un milagro que coma caliente los últimos tres días de cada mes, pero el pensionista ilusionista se considera un abuelo feliz. Tal vez porque ha aceptado los claroscuros de la rutina del jubilado. O simplemente porque sabe que a la vida hay que acariciarla con delicadeza y no agarrarla por las solapas como un camorrero, que hay que tratarla con dulzura para que no te suelte un mordisco en el cuello el día menos pensado —que siempre cae en domingo—. 

El viejo se estima afortunado porque cada mañana amanece junto a su mujer, apacible y soñadora estufa humana. Porque los monstruos de su juventud han perdido fiereza. Porque sus dos nietos, los faunos —así llama a los más pequeños de la familia—, pésimos imitadores de la fauna africana, que apenas hablan aún, son unos mocosos gordetes y entrañables que le hacen partirse en mil pedazos con sus ocurrencias y sus ridículas imitaciones de animales. Es afortunado porque hace más de tres décadas que renunció a ser el galán que nunca se despeina. Porque que ya no siente que la aguja del reloj le apunte siempre al entrecejo. 

El abuelo valora su suerte, pero este mes de mayo el dinero se ha evaporado antes que nunca y, siendo todavía día veinte, ya no se puede permitir ni el más mínimo gasto extra: nada de periódicos, ni de cafés, ni de dar limosna a la viejita de la plaza. Lo que le queda de pensión lo va a destinar íntegramente a alimentación y medicinas, y a unos cromos luminosos que quiere regalar a los faunos.

Hoy el anciano soñador se tuesta a fuego lento bajo el sol apagado de su ciudad septentrional —la única que existe para él, no visitó otra—, y se relaja en el parque como un león en la sabana tras devorar una presa indefensa y lastimosa. Sentado en un banquito, el viejo juega a imaginar a los que grabaron sus nombres en el respaldo del asiento en el que hoy descansa sin estar cansado. Con las yemas de los dedos reescribe las letras marcadas en la madera y fantasea con amores adolescentes no correspondidos, y detiene su mirada gris ante un mensaje que llama su atención: “El tiempo, todo locura”. El tiempo, todo locura ... cómo le conmueven estas palabras; cuán redonda es la vida cuando la belleza se reivindica en rincones y momentos insospechados. 

El abuelo se levanta del banquito con dificultades. Se ha hecho tarde y el cielo se ha puesto espumoso y rosado como el lambrusco. Si se demora más de lo previsto, se perderá el baño de los faunos, único espectáculo de trascendencia planetaria al que tiene acceso. El tiempo, todo locura, piensa el viejo. Y se ríe sin cautelas, como un loco.